Beatriz Liliana Cardinali

Terminando la adolescencia recibí el título de profesora de piano, dibujo y pintura. Maestra, Psicopedagoga. Integradora de niños Down y docente de adultos.

Aprendí a leer y escribir a los 5 años.

Mi infancia son recuerdos de un patio de campo y un huerto claro donde madura el limonero. El coro de grillos que cantan a la luna.

Hilvano recuerdos, pego parches, coso esperanzas, anido sueños, soplo retazos. En los tendederos cuelgan mis hilachas. Con el pulgar en la boca espero que llegue el sueño que algún viajero bordará con ellas.








La niña

(A la manera de La nona Insulina, de Ema Wolf)


Pronto deja de ser niña.

Egresa de sexto grado y termina la primaria, la estatura va cambiando y su cuerpo se transforma.

Siempre que puede pasa por la casa de la Nona porque le prepara unas deliciosas milanesas con papas fritas.

La mamá promete asistir a un acto escolar pero no puede ser, entonces para tranquilizarla unos meses después, en la boda de la tía con su vestido verde de plumety, sube a la silla y le dedica una poesía. 

Cursando quinto grado, cuando sale de la escuela con dos amigas comparten la merienda y luego disfrutan del aire libre de la tarde que las envuelve en un sol transparente.

Ya tiene una decena de años y, para mantenerla ocupada, la mandan a dibujo y pintura.

Como dos años más tarde, después de unos meses de preparación, toma la primera comunión. 

Con los libros e historietas se entretiene, le atraen Pelopincho y Cachirula.

Juega a hacer imitaciones y pide todo el tiempo que le cambien de peinado, de la trenza a los rulos, del rodete a las colitas.

Le encanta chapotear en las cunetas, después de que pasa el regador bailotea y embolsa mariposas.

Puede abrir y cerrar puertas como abrir y cerrar la boca.

Se resiste a dormir la siesta pero en pocos minutos se enreda en la almohada.

En las próximas vacaciones las tías la llevan de visitas y, cuando se sienta, lo hace con la falda extendida y sin cruzar las piernas.

Puede decir sin vergüenza que sí o que no.

En noches veraniegas trepa a la hamaca del patio de la casa, mientras mira el quieto paisaje de las nubes sobre la luna llena, aúlla con las estrellas y bailotea con el perro.

Cuando se va a dormir no se acuesta con la ropa puesta, siempre prolija y sin manchas. Por eso en el desayuno la esperan una súper chocolatada con Toddy y churros ¡para relamerse!

Y cuando ya sale sola porque sabe cruzar las calles, dos veces por semana pasa las vías del tren y, en la casa del jefe de estación, la esperan para enseñarle a bordar en punto cruz.

Llega de andar en bicicleta, come una tostada y se le cae el primer diente de leche.

Por esos días comienza las clases de piano, teoría y solfeo.

Con boquetes nuevos e impecable guardapolvo almidonado, con un gran moño azul, la mamá la acompaña a la escuela.

Llega el primer día de clases y llora como una marrana, al toque de la última campaña sale corriendo, se abraza y acurruca con la carterita en la mano.

Con una sonrisa, la primera foto escolar.

La vida es jugar...y sólo quiere seguir jugando.


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